Cuando te miras al espejo y descubres que no existe reflejo, el dolor se vuelve opaco e ilumina tu mirada de color gris. Es entonces cuando las paredes se te caen encima, sientes que te falta el oxígeno, que se te congelan los nervios y, para aliviarlo, necesitas una bocanada de muerte. Y no es dependencia, es la imperiosa necesidad de sentir que aunque sea un humo denso y viciado, hay algo que llena tus pulmones, que endurece tus arterias y sabe a sal: sí, la misma sal que cada noche recorre tus mejillas.
Gris Bilbao, julio del dos mil ocho.

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