Llevo días pensando en ello: lo que estoy viviendo en algunos aspectos de mi vida es algo de lo más masoquista. Y podré ser masoquista y disfrutar de la sangre en mis fosas nasales, pero no quiero ser una ignorante. Aprendiendo a encauzar estas batallas, estas treguas que no llegan; aprendiendo a luchar he aprendido a ignorar la guerra y a hacerme daño por dentro.
"¡Humilladle! -gritaréis, con el pecho partido por vuestra ira, por vuestra estupidez y por una orgía de carcajadas que anhelan oxígeno- ¡humilladle, porque sólo vale para escuchar!"
Ignoraréis, como siempre habéis hecho, cada una de mis palabras si no es rasgada en el viento y no es cantada con miedo. Ignoraréis el vino y la sangre que mantienen mi cuerpo en orden y mi mente en caos.
No sé quién será aquel que proyecta su imagen al otro lado del espejo, no sé quién será ese ser tan cruel que me arranca las pupilas para luego beberselas, ese que dispara al centro del alma, al lóbulo temporal, ése que se divierte rasgando sus uñas en mi corazón, pero no tengo más vida que darle esta noche.
Os mataría a todos, pero suelo cometer el error de escuchar.
Y de fondo vuestros gritos: humilladme.
Epílogo
Mi mente me hace dudar de la mente de los demás. Cálmala (por favor)
*Basado en las palabras de Lucio Gonzalez Abastas.

2 curiosxs:
demasiado.
Duele.
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