Sentada, sola, en la última silla de la última mesa del último bar, nunca me he sentido con tantas ganas de correr durante horas, lejos, a ningún lugar, hasta la extenuación, hasta romperme las rodillas y esperando encontrar un destino que ni siquiera sé si existe.
Ultimamente hace mucho frío. Pero por muchas capas de ropa que me ponga encima y por muchas ganas que tenga, nunca llegaré a cubrirme los ojos. Es por eso que, cuando empieza a caer el sol, me noto las cejas nevadas y se me forman cristalitos en la punta de las pestañas que me pinchan y arañan los ojos cada vez que parpadeo. Seguramente sea por eso por lo que ultimamente por las noches no puedo dejar de llorar.
Es el ámbito en cuyo seno empieza el silencio. Lo que hoy ocurre es precisamente el silencio. Aún estoy ahí, ante esos niños posesos, a la misma distancia del misterio. Nunca he escrito creyendo hacerlo. Nunca he amado creyendo amar. Nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada.